Por Jorge Estrella
Para LA GACETA - Tucumán
Hasta donde sabemos, nuestros ancestros iniciaron su trajín bípedo hace más de 4 millones de años. La intemperie y la acechanza de muchos riesgos los hizo morir fácil y vivir poco. En ese ánimo crecieron sus imágenes de mundo, que aún hoy perviven. Maltratado por el medio, el hombre primerizo urdió una compleja telaraña de intenciones ocultas, de responsabilidades a cumplir en pactos con el trasmundo, de culpas y conjuros, de magias y milagros.
Pero sólo unos 2.500 años atrás surgió en Grecia, tímidamente, una mirada alternativa. Pensadores como Euclides iniciaron un barrido de tiempos y espacios, despojándolos de culpas y rencores, volviéndolos neutros y sin otro sentido que las reglas de juego de los elementos que allí habitan. Los nombres de Arquímedes, Galileo, Newton, Maxwell o Einstein son algunos de los muchos nombres inevitables en ese nuevo desciframiento del universo. Contribuyeron a desencantar el cosmos. Convirtieron la astrología en astronomía, la metafísica en física, la alquimia en química, la leyenda en historia, la hechicería en medicina, las cosmogonías en cosmología, la intemperie y acechanzas en ciudades acogedoras.
Y sin embargo, en el interior de esa asepsia de espacio y tiempo y puntos masa, el conocimiento del siglo XX comenzó a inquietarse por la aparición de perplejidades. El valor de las variables originales en el Big-Bang -lo mismo que su historia posterior- resultan enigmáticamente ajustadas para favorecer un cosmos donde aparezcan la vida y el hombre. Por ejemplo, la reunión de dos núcleos de hidrógeno en el horno de las estrellas, forma un átomo de helio; y dos de helio arman otro de berilio; éste es tan inestable que decae velozmente en otros dos átomos de helio. Y sin embargo el berilio es el paso obligado para formar el carbono que constituirá la pieza básica de lo viviente como lo conocemos: hace falta una condición muy especial de unos 100 millones de grados obtenidos por la contracción de una estrella, para que el berilio se una a otro helio y produzca un átomo de carbono. El carbono, pues "se escapó por un pelo" del berilio (Reeves). Algo semejante puede decirse del valor de las cuatro fuerzas conocidas (fuerte, débil, electromagnética y gravitatoria): una mínima modificación de cualquiera de ellas conduciría a un universo donde la vida no surgirá. Tampoco hubiese surgido si la Tierra ocupara la órbita de sus vecinos del sistema o si la masa del Sol fuese mayor o menor. En otros términos, el universo ha transitado largamente por el "estrecho pasillo de la casualidad" (Sagan) para llegar a su estado actual.
Y ello reaviva la creencia teológica inicial: fue de ese modo "para" que el hombre cumpla aquí su destino según designios sagrados. Newton, por ejemplo, pensaba así. Hay un arquitecto, un diseño y la ejecución de lo diseñado.
Además, la ciencia contemporánea está hallando motivos distintos de perplejidad. Cuando un cuerpo se moviliza en el espacio entre los puntos A y B damos por sabido que esa trayectoria es sólo una y puede ser conocida en cualquiera de sus estados si sabemos su velocidad y posición en un instante dado. Pero en el mundo de las partículas que componen ese cuerpo está ocurriendo otra cosa.
Por ejemplo, que sus desplazamientos entre dos puntos recorren no una trayectoria sino infinitas simultáneamente (Feynman); es decir que pasan por muchos puntos diferentes al mismo tiempo. Y como si esto fuera poco, "las observaciones que hacemos de un sistema en el presente también afectan su pasado" (Hawking). De modo que el pasado del universo no es inmodificable, como hemos supuesto siempre. Y no tiene una sola historia.
Asuntos tan extraños como estos se suman para conformar el "estrecho pasillo de la casualidad".
¿Cómo, entonces, cosmología del ateísmo?
Resumiré brevemente tres argumentaciones de algunos cosmólogos actuales, especialmente las de Setephen Hawking y Leonard Mlodinow en el reciente libro El gran diseño (Crítica, Buenos Aires, 2010).
1) El creador innecesario. "A escala del conjunto del universo, la energía positiva de la materia puede ser contrarrestada exactamente por la energía gravitatoria negativa, por lo cual no hay restricción a la creación de universos enteros. La creación espontánea es la razón por la cual existe el universo. No hace falta invocar a Dios para encender las ecuaciones y poner el universo en marcha. Por eso hay algo en lugar de nada, por eso existimos" (Hawking-Mlodinow, p. 203-204)
Si la suma de dos ceros conduce a cero, igual ocurre con la suma de cantidades iguales pero de signo opuesto. La energía gravitatoria (negativa) equivale a la energía ligada a la masa (según la conocida fórmula einsteniana y de signo positivo) La energía total de nuestro universo es, entonces, igual a cero. En otros términos -sostenía Prigogine en 1988-, "desde el punto de vista de la energía no habría que pagar precio alguno para pasar de la no-existencia a la existencia"? "El nacimiento del Universo estaría entonces asociado a una fluctuación espontánea del vacío". Sería algo así como "un free lunch, un suceso gratuito" (Entre el tiempo y la eternidad, cap. 7, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1991)
2) Multiversos. Si el universo nació en todos los estados cuánticos posibles, hubo muchísimos universos, "con muchos conjuntos diferentes de leyes físicas" (Howking-Mlodinow, p. 156) ,y con historias distintas, y algunos con hasta diez dimensiones de espacio. En consecuencia, la extrema improbabilidad de nuestro universo llega, sin embargo, a la existencia pues son innumerables los otros universos no conducentes a la vida. Es el argumento neodarwiniano: sobrevivió por ser más apto.
3) ¿Y qué hubo antes del inicio? En el origen del universo primitivo, regido por la relatividad general y la teoría cuántica, espacio, tiempo y masa aparecen estrechamente enlazados. No hay un tiempo anterior, independiente del espacio y la masa: los tres emergen al unísono. "La cuestión de qué ocurrió antes del inicio del universo deja de tener sentido"? "en esta interpretación, el espacio-tiempo no tiene bordes", sostienen Hawking y Mlodinow (p 154-155).
La filosofía y la teología, como el ánimo de nuestros ancestros -que aún nos habita- prosiguen inmutables repitiendo convicciones que son ajenas a las informaciones recientes surgidas en laboratorios y en teorías sometidas a controles exigentes. ¿Llegará la humanidad a hacer suya esta otra visión nueva de un universo reencantado por enigmas, no por dioses?
© LA GACETA
Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de Filosofía
de la Ciencia de la Universidad de Chile.